¿Quién es Miguel Cabrera? el ingeniero que simboliza la educación pública y viene de conducir Ciencias Exactas 

Vecino del Barrio Jardín, académico especialista en atmósfera y amante de la música clásica. Un perfil de Miguel Cabrera: de sus primeros años en Jujuy a disputar el sillón de Juan B. Terán

Cree en la educación porque él mismo la encarna. Sus abuelos inmigrantes no habían terminado la primaria y lograron educar maestras; su madre fue una de ellas. Miguel recorrió la educación pública de punta a punta, desde la primaria, pasando por la secundaria, hasta que llegó a titularse como ingeniero en la UNT.

Al comienzo fue el movimiento. Las mudanzas formaron parte de sus primeros años: nació en Neuquén por el trabajo de su padre -un geofísico especialista en petróleo- y para cuando cumplió un año, la familia se trasladó al norte. Primero fue Tartagal, Salta. Sus padres trabajaban gran parte del día -su madre fue maestra- así que a él y sus hermanas los cuidaba Ilda, una mujer aborigen, de origen mataca.

De Salta se mudaron a Jujuy. Para ese entonces a Miguel se lo veía siempre con un destornillador en la mano, arreglando radios y aparatos. Su habitación era un laboratorio de electrónica donde pasaba horas. A los catorce años se armó su primera radio receptora, por las noches captaba señales del mundo que misteriosamente le parecían viajar por el cielo: La Deutsche Welle, Radio Habana y hasta radios soviéticas.

Mientras cursaba en Escuela Técnica en San Pedro de Jujuy y se las arreglaba para trabajar reparando aparatos, por suscripción compraba la revista Lupín. Así, por entregas comenzó a armar cohetes, y junto a sus amigos del barrio fundó el primer Club de Cohetería en su pueblo.

Años más tarde lo sabría: eso de los cohetes era ciencia aplicada. Pero también era algo más, era su pasión por el cielo. Todavía no podía saberlo, pero las radios, el cielo y los cohetes, de alguna u otra forma, no se irían más de su vida. Atmósfera terminaría siendo el tema de su doctorado y la mayor parte de su carrera universitaria le tocaría liderar el Laboratorio de Telecomunicaciones de la UNT, donde, por ejemplo, fabricarían antenas y radares.

Pero volvamos en el tiempo, a 1979. Fue un año importante: dejó Jujuy, como tantos miles que debían dejar sus provincias, y llegó a Tucumán para estudiar. No le bastó más que un golpe de vista -si cierra los ojos todavía puede invocar la sensación que le produjo ver los blocks de Ciencias Exactas- cuando fue a inscribirse en Ingeniería Electrónica. Apenas pudo cursar el ingreso y lo incorporaron al servicio militar obligatorio, pero con la Facultad fue amor a primera vista. Así que después volvió y en el 86 se graduó como Ingeniero Electricista. Una noche muy especial de 1984, en el complejo Belgrano, mientras la Federación de Estudiantes Universitarios celebraba el baile de la democracia y estudiantes de todas las carreras comenzaban a sentir que recuperaban algo que habían perdido, brindaban y bailaban al ritmo de temas de los Twists y algún que otro lento, Miguel conoció a Patricia, una joven estudiante de derecho. Fue también amor a primera vista. En el 88 tuvieron su primer hijo, y se mudaron a Barrio Jardín; nunca más se fueron.

Mientras, siguió dedicándose a la docencia y en 1996, gracias a la UNT hizo su primer viaje al Centro Internacional de Física Teórica de Trieste, Italia. Ese viaje fue otro punto de inflexión. Empezó su doctorado trabajando sobre correcciones atmosféricas para sistemas hasta ese entonces poco conocidos: el sistema GPS. Hasta el 2003, que defendió su doctorado, viajó 16 veces a Trieste y formó parte de grupos internacionales de investigación. Después hizo su posdoctorado en Roma, donde aprendió a diseñar radares atmosféricos. En 2008, cuando regresó a Tucumán, le ofrecieron conducir el Laboratorio de Telecomunicaciones y encabezó un grupo de investigación que hoy se especializa en radares y cuenta con varios doctores formados y otros en carrera. Como científico, además de Italia, representó a la Argentina en España, Puerto Rico, Portugal y República Checa. Intentó tocar el violín, pero una cuerda casi le saca un ojo, ahora simplemente disfruta de escuchar. Si tiene que elegir música, le escapa a lo que está de moda, su periodo favorito es el barroco italiano -por su exigencia técnica- menciona.

En 2018 comenzó su carrera en gestión como Decano de Ciencias Exactas y Tecnología. Desde ese mismo año participó en la Comisión de Hacienda de la universidad y conoció de primera mano los engranajes que mueven a una universidad. Siendo Decano había días que extrañaba pasar tiempo como docente; en el laboratorio, frente a sus alumnos. Las tardes que más extrañaba eran aquellas que podía escuchar, sentado desde su oficina, las voces de profesores que se colaban por los pasillos, desde las aulas más próximas.

Afirma que la universidad es una comunidad estudiantes, docentes, no docentes y jubilados, muy desafiante de conducir. Pero la gestión también le dio muchas gratificaciones, si tuviera que quedarse con un momento, elige los actos de colación, es, según él, ahí donde se produce la condensación del sentido de la universidad: el himno que representa el estado argentino, la familia de gala que acompaña al egresado y el título que certifica el conocimiento, es ese pasó mágico por la universidad, un horizonte que se abre.

Durante la pandemia, y por sugerencia de su esposa, comenzó a escribir literatura. En 2022 publicó La Complementariedad y Otros Cuentos, relatos inspirados en su infancia, en los lugares remotos donde vivió en su niñez, su paso por la colimba y su amor por la ciencia. El título hace referencia a un principio de complementariedad de la física cuántica, pero también a una filosofía de vida: según cómo uno mire, las cosas pueden ser percibidas completamente distintas.  

En los próximos días Miguel y su compañera de fórmula Virginia Abdala, docentes universitarios de impronta científica que transitaron su candidatura con propuestas Académicas y Organizacionales para la UNT, disputarán el mando de la casa de altos estudios. Sueñan con poder devolverle algo de todo lo que la universidad les dio, sienten que están preparados y que les llegó su hora de conducir la UNT.