Hay personas que llegan a la universidad para estudiar. Otras llegan para quedarse.
Virginia Sara Luz Abdala tenía apenas 18 años cuando cruzó por primera vez las puertas de la Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. No imaginaba entonces que ese lugar sería su casa durante muchas décadas.
Lleva más de 40 años en la universidad. Primero como estudiante, después como docente, investigadora y finalmente como decana. En todos esos lugares aprendió algo: las buenas decisiones requieren información, trabajo en equipo y planificación.
Su creencia es que la UNT puede gestionarse con el mismo rigor con el que produce conocimiento. Su deseo es ayudar a construir una universidad más integrada, donde las decisiones se basen en evidencia y donde el enorme trabajo que realizan sus docentes, estudiantes y nodocentes pueda transformarse en mejores oportunidades para toda la comunidad.
Nació en Tucumán. Pasó parte de su infancia en Ledesma, Jujuy, donde cursó la primaria y parte del secundario por el trabajo de su padre. Terminó sus estudios en la Escuela Normal de San Miguel de Tucumán y encontró en la biología el camino que marcaría toda su vida.

Siempre sintió curiosidad. Curiosidad por entender cómo funciona la naturaleza. Curiosidad por hacer preguntas. Curiosidad por buscar respuestas.
Esa inquietud la convirtió en licenciada, magíster y doctora en Ciencias Biológicas. Pero, sobre todo, la convirtió en científica.
«La naturaleza me genera mucha curiosidad. La cantidad de preguntas y los modos de contestarlas son innumerables», suele decir.
Esa forma de mirar el mundo también define su manera de trabajar. Virginia cree en los equipos. En las ideas que nacen del intercambio. En las investigaciones que se construyen entre muchos. Porque para ella el conocimiento nunca fue una tarea individual.
“Una universidad existe para que la curiosidad de miles de personas pueda convertirse en conocimiento”, se repite siempre así misma.
Esa convicción también llegó al aula. Después de más de cuatro décadas como docente, todavía disfruta el desafío de despertar el interés de quienes recién empiezan. Sabe que una clase puede cambiar una vocación. Por eso busca que cada estudiante descubra que también puede investigar, enseñar, crear y aportar al desarrollo de la sociedad.
Su compromiso nunca quedó encerrado entre laboratorios y aulas. Fue elegida tres veces consejera directiva por distintos estamentos de la Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. Más tarde asumió el desafío de conducir esa comunidad como decana.
Desde ese lugar tomó decisiones que mejoraron la vida cotidiana de docentes, estudiantes y personal. Impulsó políticas que dejaron capacidad instalada y fortalecieron la gestión institucional.
También abrió espacios donde antes había silencios. Coordinó la Comisión de Género de la Facultad, organizó las primeras Jornadas de Género de la UNT y promovió la aprobación del Acuerdo de Convivencia que hoy orienta la vida institucional de la comunidad lilloana.
Su manera de gestionar siempre tuvo un mismo punto de partida: escuchar, dialogar y construir acuerdos. Esa mirada también la llevó a impulsar un proyecto que posicionó a la Universidad Nacional de Tucumán en un escenario internacional.
Cuando Virginia propuso que la UNT participara del Times Higher Education (THE) Impact Rankings, muchos pensaban que era simplemente competir en un listado con otras universidades. En realidad era otra cosa. Era una oportunidad para descubrir todo lo que la universidad ya hace y muchas veces no registra ni comunica. Ese trabajo le permitió a la casa de estudios ordenar información dispersa, mostrar internacionalmente el impacto de la UNT y comprender que una universidad también necesita conocerse a sí misma para poder mejorar.
Porque Virginia está convencida de que la universidad debe demostrar su valor, pero también aprender a hacerlo visible.
Fuera de la universidad también encuentra su lugar. Comparte la vida con Julio, es mamá de Agustina, Santiago y Tomás, disfruta de la música sin etiquetas —desde Mon Laferte hasta Amy Winehouse y la ópera italiana— y sigue viviendo desde hace más de treinta años en barrio Los Pinos, el mismo lugar donde construyó su familia.
Quienes la conocen saben que hay dos motores que nunca le faltan: responsabilidad y ganas. Por eso decidió asumir un nuevo desafío.
Junto a Miguel Cabrera integra un equipo que propone una universidad más articulada, organizada y cercana. Una universidad capaz de integrar sus políticas, fortalecer la gobernanza y responder a los desafíos del presente sin perder de vista su misión pública.
Virginia imagina una UNT donde ningún estudiante quede afuera por razones económicas. Una universidad exigente en lo académico, comprometida con la investigación, conectada con la sociedad y orgullosa de mostrar todo su potencial.
Una universidad que vuelva a brillar.
Después de tantos años caminando sus pasillos, conoce cada fortaleza, cada desafío y cada oportunidad. Y entiende que el futuro de la Universidad Nacional de Tucumán no se improvisa. Se construye con experiencia, diálogo y trabajo.

